sábado, 25 de junio de 2011

EL MAR, SIEMPRE EL MAR

Mientras la ciudad duerme...
La Príncipe Azul mece sus cansadas costillas amarillas, codeándose entre la lustrosa Viejo Amabile y la baqueteada Que Dios se lo pague.
La Fe en Dios y la Regina Madre, de espaldas a Bienvenido sea, comparten la madrugada brumosa y cálida.
Cruje el casco de Temerario;  Sigue Valiente cabecea su proa delante de María Fe; Mi lucha duerme amarrada a la Isla de Capri.
Una luz amarillenta, en lo alto del palo mayor, apenas muestra las formas del Espíritu Santo.
María Madre, pegada a la Manto Sagrado, atesora como el bien más preciado las redes que cubren la cubierta y que pronto harán su trabajo en el mar, a no muchos metros de la superficie.
Los primeros rugidos del motor gasolero de Es posible anuncian que otro día de pesca está por comenzar. Lo mismo ocurrirá con Insólito, con la Virgen del Rosario, con la Madonna Di Giardini.
Una hora antes de que el sol coloree de rojo el horizonte, Volveré si puedo empezará a viborear sobre las turbias aguas del puerto de Mar del Plata que, en magnífico contraste, serán como de esmeralda cuando la lancha apenas se divise como un punto casi imperceptible navegando librada a su suerte.

Mientras la ciudad duerme, en la banquina de pescadores los gritos de los marineros, el tronar de los motores y las turbulencias que producen las hélices de las lanchitas amarillas perforan la noche, alteran la mansedumbre del lugar, desperezan a los lobos, espantan a las gaviotas, convocan a los fantasmas y activan la historia. A doscientos metros de ahí, en la plazoleta donde se levanta el monumento al pescador, decenas de placas recuerdan a más de un centenar de hombres que perdieron sus vidas mar adentro, sacudidos por tempestades, torturados por olas monstruosas.
Carmelo Agliano; José, Domingo y Nazareno Contessi; Enrique Costa; Juan y Emilio Scalabroni; Miguel y Santos Iacono; José Luis Celedonio; Saro Tateo; Horacio y Jorge Di Mauro son algunos de los muchísimos pescadores que el mar atrapó y jamás devolvió.
En esas placas hay hermanos, hijos, padres y esposos recordados por hermanos, hijos, padres y viudas.
La plazoleta, sucia y descuidada, sólo parece adquirir trascendencia para la comunidad y las autoridades cada 29 de agosto, cuando se recuerda el hundimiento de cinco lanchas y la muerte de 35 pescadores aquel día de 1946, durante una de las peores tormentas de Santa Rosa que se tenga memoria.
   
Muchos de los descendientes de aquellas víctimas son los que hoy alistan sus embarcaciones para llevar el peso a sus casas.
Todo es nervio. Movimientos rápidos, rostros que se tensan y brazos que se endurecen. Hay apuro por salir, porque el primero que regrese tendrá más posibilidades de vender lo cosechado a mejor precio. Los últimos, deberán conformarse con los precios más bajos ofertados por los saladeros y las fábricas, o bien tirar al fondo del mar todo lo que pescaron porque ni siquiera les alcanzará para cubrir los gastos.
Las primeras luces del amanecer acompañan el paso de las embarcaciones entre las dos escolleras en busca del mar abierto. Como una acuarela naif, las casi cien lanchas parecen juguetes en medio de un oleaje que las sube y las baja, que las zarandea y que a uno lo hace pensar cómo es posible que esas cosas floten.
Pero ahí van. Como vigías de épocas remotas, los pescadores se impregnan de brisa marina parados en el extremo de la proa mientras otros fuman, matean y revisan las redes prolijamente ordenadas en la cubierta.
Alguien canturrea antiguas canciones napolitanas, otros se gritan y se desafían de lancha a lancha; un siciliano con más años en el mar que en tierra, se baja los pantalones ventilando su hombría al ver que un fotógrafo lo apunta con su cámara. Por ahí hay un pomposo corte de manga acompañado por una estruendosa risotada que el mar amplifica bajo un amanecer que deja mudo a quien lo vive.
Ahí van Chicho y “Caballo chico” Juan, en la Que Dios se lo pague; Venerando Greco y “Sapito” Adrián, en la Santa María; en la Viejo Amabile, Vicente Amalfitano, un napolitano de 83 años, duro y erguido como un poste y eléctrico como un colibrí, con su hijo Enzo orinando por la banda de estribor, y con su sobrino Jorge, que, para calmar un poco el nerviosismo de quienes los acompañan, dice que lo mejor para controlar las náuseas “es agua y ajo... a joderse”, se divierte el maldito.
Ahí van también Gerónimo, en la Regina madre, con su campera roja trepado como un mono al palo mayor; Ignacio, con su torso desnudo y sus voraces ansiedades perpetuadas en tatuajes ratoneros; Leonardo, con su gorro de lana negro y Miguel Ángel, marinero timonel, con su rabia encima porque ya antes de zarpar le habían dicho que los saladeros estaban cubiertos y la paga iba a ser insignificante.
Con suerte, ese día Miguel cobrará un puñadito de billetes por cada cajón de cuarenta kilos de anchoitas, pero, una vez en poder de las empresas pesqueras, ese cajón se venderá a un precio cinco veces mayor.
Miguel, sucio, maloliente y extenuado después de casi diez horas en el mar, con sus botas  hasta las rodillas cubiertas de escamas de pescado que el sol las hace brillar como lentejuelas, oirá, desde el borde de la banquina, la prepotente voz del rematador -botas de cuero, reloj de oro, celular y lentes oscuros- que le advierte: ese es el precio, agarralo o dejalo.
“Esto nos pasa por ignorantes -dirá, resignado, Miguel-. Nos pagan lo que quieren porque no somos unidos, porque otros pescadores aceptan cualquier precio”.

Contra lo que se supone, el pescador ha perdido hasta la solidaridad. Empujados por la escasez de trabajo y por la competencia desigual, ellos dicen que hoy nada es como era antes.
“Competimos entre nosotros porque el mar ya no da para todos, como antes. Hay envidia. Nos miramos de reojo para ver quien vende más cajones... Si una lancha se planta, empezá a rezar para que otra te arrastre”, dice Miguel. Y sigue. “¿Sabés por qué? Porque el asunto es salir primero, llegar primero, vender primero”.

Vicente Amalfitano, con más de ochenta años de pescador encima, añora aquellos tiempos en donde todas las familias de pescadores eran como una única familia.
Don Vicente llegó a Mar del Plata el 17 de septiembre de 1930. Tenía apenas 16 años cuando el Principesa María lo dejó en el puerto de Buenos Aires. Un tío lo estaba esperando. En Ischia quedaron sus padres y sus hermanos.
“Mar del Plata era un pueblucho con calles de tierra y casas de madera y chapa. Yo vivía con mi tío y recién pude juntarme con la familia cuando terminó la Segunda Guerra. Me acuerdo que cuando empezamos a pescar, yo no paraba de llorar. Yo decía ¿esto es la América?: al mediodía, mandarina y pan; a la noche, pan y mandarina. Trabajaba noche y día, noche y día. Iba a la casa a comer y enseguida salía al agua, con una lancha a remos y dos canastas. Así se pescaba antes”.
La historia de Vicente Amalfitano no es diferente a la de otros que, como él, llegaron a Mar del Plata a hacer la América.
Algunos lo lograron, otros se quedaron en el camino.
Luigi Solimeno, de 76 años, llegó de Sorrento cuando tenía 14 años. Su padre vendía pescado por las calles, canasta en mano. Un buen día, un amigo le dijo: Luigi, vamos a pescar tiburones que nos vamos a hacer ricos. Los años pasaron. Hoy, Luigi es el dueño de una flota de doce buques pesqueros.
Pipo Puglisi, un siciliano de 64 años, no extraña tanto los años de bonanza, pero sí se asusta de cómo han cambiado ciertas cosas. “Yo vine de Italia sabiendo remendar una red. Hoy, los jóvenes que van a buscar trabajo a la banquina usan arito y colita y quieren mandar antes que trabajar”.
Vicente, Luigi y Pipo son sobrevivientes de aquella generación de italianos que -como dicen los pescadores más jóvenes- “hicieron la pesca en Mar del Plata”, cuando en sus lanchas se veía más solidaridad que tecnología; cuando a los cardúmenes los encontraban a ojo, observando y siguiendo a las gaviotas.
Hoy ya no es lo mismo. Los herederos de Vicente, Luigi y Pipo, como “Sapito”, Miguel y “Caballo chico”, usan radar, sonda, navegador, guinche, VHF y bomba de achique. Pero, así y todo, se miran de reojo.
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viernes, 24 de junio de 2011

EL UCACO

En el corazón de las peñas, en el alma de los cerros, en el socavón del minero de las grandes alturas, en la puna jujeña donde sobra cielo y escasea oxígeno, reina el Ucaco, el diablo, a quien, aunque a uno le cueste creer, aunque uno no lo entienda, se le teme. Y se lo adora.
Reverenciar al diablo pareciera una locura, pero no hay minero puneño que no lo invoque antes de perderse en las oscuridades de la montaña que lo espera para entregarle sus tesoros.
Los mineros de la puna dicen que el Ucaco, la bestia de pies gigantes, aplastó las piedras, quemó las plantas, sopló los nubarrones, alejó al mismísimo sol y armó su reino de oro, plata y zinc.
El minero puneño, entonces, se presentará ante él, sacrificará un cordero y beberá, con toda su familia, su sangre caliente y espesa. Luego, para calmar las náuseas, beberá chicha, armará su acuyico con hojas de coca, y fumará.
Al final, una vez complacido el Ucaco, el minero caminará seguro por los socavones rogándole al amo que le brinde más riqueza, que lo colme de salud, que no lo enferme de silicosis, que es el mal de las minas.
Tranquilo, ya, le hablará a su montaña antes de herirla con su pico y con su pala.
Y afinará lo más que pueda sus oídos, porque ella siempre le responderá en crujidos. Si cruje feo -pensará el minero-, por algo será.
Y así, todos los días.


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Misterio en el socavón

martes, 21 de junio de 2011

LA VIUDA DEL MAR

Cincuenta años de lágrimas


La noche anterior, María había preparado guiso de lentejas con papitas, cueritos de chancho y chorizo colorado cortado en cuadraditos, la comida que más le gustaba a su Enrique. Cenaron temprano, como de costumbre. Después, Enrique jugó un rato con sus hijas, Elvira, Marta y Victoria; las alzó de a una por vez, las besó, las llevó a la cama y se quedó en la pieza hasta que el sueño las aplastó. Apagó la luz, entornó la puerta y se fue a la cocina, a tomar los últimos mates con María.
María y Enrique no durmieron bien esa noche. El viento arrastraba basura en la calle, amontonaba ramas caídas y los relámpagos retumbaban como cañonazos. El cielo, negro y espeso, terminó por devorar lo poco que quedaba de la luna y las estrellas. Y la lluvia no tardó en caer.
Pasada la medianoche del 28 de agosto de 1946, Enrique la abrazó muy fuerte a María, y le dijo: no te preocupés, vieja, que a la tarde voy a estar de vuelta.
Por fin, la huelga de pescadores se había levantado después de dos meses, y había que ir a trabajar. En la banquina, sobre la cubierta del Happy Days, el barquito que tenía que abordar, lo esperaban Juan Provenzal, Manuel Naldi, Feliciano Pérez y Carlos Ruiz, sus nuevos compañeros. Era su primer día de trabajo como pescador y el mar no se veía bien. El viento era cada vez más intenso, por momentos huracanado, pero el barco zarparía igual.
A las seis de la mañana de ese día, un trueno que María dice no olvidará mientras viva, la hizo saltar de la cama. La lluvia ya era diluvio. Se inundaban las calles y los fuertes ventarrones castigaban rabiosamente las hojas de los ventanales. Las niñas dormían. Jamás supieron de la fiereza de la tormenta de Santa Rosa de esa noche. Jamás volvieron a ver a su padre.  Elvira, la mayor, apenas guarda hoy un registro borroso del rostro de su padre.
María le preguntó a su vecina de al lado si podía quedarse para cuidarlas. Salió corriendo hacia la banquina de pescadores para suplicarle a su esposo que no saliera esa anoche. Pero el Happy Days ya no estaba. La lancha no regresó ese mediodía. Tampoco por la tarde. Tampoco por la noche.
A la mañana siguiente, en la Prefectura le dijeron que la embarcación, una lancha de motor de cinco toneladas de casi nueve metros de eslora y tres de manga, estaba desaparecida. 
María siguió yendo a la banquina todos los días, durante cuatro meses, para ver si regresaba.
Nunca se encontró resto alguno del barquito pesquero. La crónica de La Nación del 2 de septiembre de 1946, decía: “El viento huracanado se inició a las 8, y antes del mediodía adquirió una velocidad de 94 kilómetros por hora, con olas de 8 metros”.
Cada  28 de agosto, desde hace 56 años, María corta las más hermosas flores de su jardín, camina hacia la banquina y las arroja al mar.
Quedó viuda a los veintidós años. Hoy tiene 79. Se conmueve y se agita al recordar. Llora y reza cada noche en su pieza. Se le achican los ojos y su voz de abuela se hace más frágil con cada oración. Habla de su Enrique, del primero y único amor de su vida. Dice que cada tanto, también, le habla al mar. Al mar le pregunta por su Enrique. Y le pide que le diga que falta poco para que vuelvan a estar juntos como antes. Que por eso, no hace mucho, arrojó a las aguas su anillo de matrimonio “para que mi Enrique sepa que falta poco para que nunca más esté solo”.
Llora, María. Va hacia la pieza arrastrando sus pies vencidos, y regresa con el libro Vuelven los pescadores, de Adriana Silvia Pisani. Llora y lee María: 

Barquito de papel que sin historia
navegas en un mar de fantasía,
alguna tempestad te ha de dar gloria
para perpetuar tus travesías en un día.

Y si tu proa alguna vez crispa las olas,
para anclarse en los abismos del oleaje
tu forma simple recortada en caracolas
será el puerto imaginado al fin del viaje.

A María Elvira Miño de Costa todos la llaman “la viuda del mar”. Lo conoció a Enrique en 1938, en la esquina porteña de Cabildo y Monroe, cuando él la piropeó al bajar del colectivo 8. A la semana se volvieron a cruzar, accidentalmente, en las barrancas de Belgrano. “Él me compró un chocolate, y me dijo que linda que sos”. Se casaron unos meses después.
En 1940 se fueron a vivir a Mar del Plata, a buscar trabajo, a probar fortuna. Y fue entonces que por necesidad Enrique se hizo pescador. Nunca antes se había subido a otra lancha que aquella a la que alguien, alguna vez, bautizó Días Felices. 


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RENZO, Y SU MUNDO DE SAL

El desierto blanco

La sal cubre las calles y carcome, implacable, todo lo que encuentra a su paso: el frente de las casas, grises y descascaradas; la carrocería de los camiones; las columnas de hierro que sostienen, a duras penas, a los viejos galpones.
En verano, la temperatura no baja de los 45 grados. En invierno, rara vez trepa los 10 bajo cero. En invierno y en verano, el viento, cuando arremete furioso, se adueña de las salinas y del pueblo; de sus gentes y de los árboles; de los techos de chapas acanaladas y de las parvas de sal, acopiadas durante la cosecha, verdaderos cerros sometidos a un largo proceso de estacionamiento antes de su industrialización.
En la colonia Del Bebedero, a 45 kilómetros al sudoeste de la ciudad de San Luis –un barrio humilde de calles anchas donde se entremezclan tierra, arena y sal- ocupado por no más de cincuenta familias, hay una escuela y un solo policía; una salita de primeros auxilios que atiende día por medio; una iglesia que abre sus puertas a los fieles una vez al mes para que el cura itinerante dé misa y evalúe los pecados cometidos, y una planta industrializadora de sal que da trabajo a unos ciento treinta obreros.
Renzo Rosales, eléctrico como una lagartija asustada, sale al cruce  con la inocencia y la picardía de sus seis años recién cumplidos, con la transparente fantasía alimentada desde el desierto y con la seguridad de un destino marcado. -Cuando sea grande, los señores de allá me van a regalar anteojos negros y yo voy a sacar la sal de la laguna. Después, me van a pagar. Y después, con esa plata, me voy a ir a Brasil y me voy a comprar un reloj.
Hincha de River, piel tostada, ojitos brillosos y cachetes inflados, Renzo es hijo y nieto de salineros.
Al igual que los demás chicos de la colonia, vive envuelto por la soledad más desgastante y por el hastío cotidiano; aburrimiento que quiebra cuando monta su bicicleta o grita los goles del burrito Ortega con su pelota de goma empolvada de blanco.
Su mundo es pequeño o enorme, según como uno lo interprete. Pero en ese mundo de sal, Renzo parece feliz.
La salina Del Bebedero cubre una superficie de cinco kilómetros de ancho por quince de largo. El espesor medio de su costra permanente, de más de 6000 hectáreas, es de un metro, por lo que se calcula que la cantidad de sal que se acumula en este páramo blanco –cementerio de cascarudos arrastrados por hilos de agua salada, jamás sobrevolado por pájaro alguno y sólo desafiado por pequeñísimos insectos- alcanza los 80 millones de toneladas.
En el otro extremo de la generación de Renzo, Ruperto Lucero –de 61 años y 41 de salinero-, hijo de don Crespinino y nieto de don Tomás, salineros como él, recuerda, entre mate y cigarrillos, historias no escritas y sólo trasferidas de boca en boca. –Ahora no es nada, pero hace cuarenta años ¡había que trabajar acá! Todo era a pala y chata, a puro pulmón. En las cosechas no éramos menos de cuatrocientos, quinientos hombres trabajando de sol a sol, agarrotados por los fríos o derretidos por los calores, según la época, ¿vio?
Los Lucero ya van por la cuarta generación de salineros. Un siglo atrapados por la misma geografía, narradores de historias que se repiten.
Los atardeceres en la salina imprimen un suave color rosado a la laguna. Caminar por el desierto blanco que la rodea, recibir la brisa cálida que va curtiendo la piel sin que uno lo note, no escuchar más que el sonido de la propia respiración, saber que las formas de vida allí se reducen a la mínima expresión y advertir que más allá de la nada sigue la nada, conforma un escenario único, difícil de aceptar para el visitante pero, a la vez, insustituible para el lugareño.
Razón de ser para quien nace envuelto en sal. Como Renzo Rosales, el de los ojitos brillosos y cachetes inflados que sueña con viajar a Brasil para comprarse un reloj cuando los señores de allá le paguen el primer sueldo.

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lunes, 20 de junio de 2011

Una idea, un comienzo, un deseo

“(…) Porque es dentro, y no fuera, donde hemos de buscar al Hombre; en las entrañas de lo local y circunscrito lo universal, y en las entrañas de lo temporal y pasajero, lo eterno.”

(Miguel de Unamuno)

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Los protagonistas de las historias que leerán en estas páginas, son personas de a pié que difícilmente aparecen en los diarios, o son vistos en la televisión o escuchados por las radios. Son hombres y mujeres, niños y ancianos, que no han cambiado, ni cambiarán, la historia de la Argentina, y muchísimo menos, la del mundo. Sus vidas no han estado, ni están ni estarán en las urgentes agendas políticas; no son parte de lo macro, ni de la coyuntura ni referentes de nada, salvo para aquéllos que comprendan, al menos, que en la mirada hacia el otro está el crecimiento de uno. Ver y mirar al otro, escuchar y oír al otro nos hace más humanos. Aunque no nos demos cuenta.
“Es dentro, y no fuera –nos dice don Miguel con su sabiduría tan conmovedora como infinita- donde hemos de buscar al Hombre.”
¿Qué enseñanza, qué mensaje nos dejan, entonces, estas personas? ¿A quién, por ejemplo, puede importarle la historia de un hombre que pasó la mitad de su vida en las entrañas de la tierra, o del monte? ¿A quién, la historia de un niño que no conoce otra cosa que su desierto de sal, o la de una mujer que todas las noches empuja su carro repleto de cartones y de ese modo, a la mañana siguiente, poder comprar el pan y la leche que les reclaman los hijos?
Preguntas cargadas de prejuicios porque, según cómo vemos que está evolucionando -¿evolucionando?- nuestra sociedad, todo lo que no nos favorece, lo ignoramos, y todo lo que no entendemos, lo despreciamos.

Este blog es mi primera experiencia. Por lo tanto, creo que necesitaré de la ayuda de todos aquéllos que tengan ganas de aportar otras historias. Que nos muestren esas señas particulares que los hacen únicos.   

J.P


Corazón de Cinco Esquinas

"¿Y qué es lo que sé de mis abuelos y de mi padre, emigrantes españoles"?, es el título de uno de los capítulos de mi libro Corazón de Cinco Esquinas, editado por la Junta de Castilla y León y coordinado por la Universidad de Salamanca, en homenaje a los emigrantes castellanos y leoneses que llegaron a la Argentina. Es el comienzo de mi historia.

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Tres baúles de madera y cuatro valijas de cuero. Y una cruz.
Con esas pertenencias llegaron al puerto de Buenos Aires. Y aquello dejaron en tierras gallegas. Descendieron del barco con lo puesto, con el presente engarzado en el futuro.  
Esos tres baúles de madera atesoraban taladros y serruchos; garlopas y punzones; reglas y lápices; cinta métrica y niveles; brocas y compaces; martillos, tenazas, escuadras, cepillos, pinceles,  espátulas y coladeras. Mi abuelo Vicente, claro, era carpintero. Y tenía el corazón agrandado; corazón vacuno, como decían los doctores de antes. Y moriría por eso, a los 69. Cuando eso sucedió, yo apenas tenía 6. Aún hoy, medio siglo después, conservo el timbre de su voz en mis oídos. Una voz de lija pero serena. Y el tiempo tras su muerte hizo que me diera cuenta de algo extraordinario: la voz de mi abuelo resultó ser también la expresión de su espíritu, porque así como era de áspero, lo era de reflexivo.
Esas cuatro valijas de cuero guardaban la escasísima mejor ropa que disponían; y también blusas y pantalones; polleras y abrigos; camisas y zapatos; zapatillas, medias, camisetas, mañanitas. Y una plancha a carbón. Y agujas y alfileres. Y dedales. Y pasadores. Y tijeras. Y ovillos de hilo y de lana. Y un gastado centímetro de tela que apenas dejaba ver los números, y menos, las rayitas de los milímetros. Mi abuela Antonia, claro, era costurera. Y planchadora. Y asmática. Y moriría por eso, a los 50. No llegué a conocerla, pero en tributo a su memoria, es que mi segundo nombre es Antonio. De ella me han contado que era puro nervio, pero también una enamorada de las plantas y que cantaba jotas y muñeiras al paso ardiente de la plancha.  
Esa cruz clavada en tierras gallegas, en la inabarcable soledad de un pequeño cementerio de Pontevedra, protegía y honraba los huesos y la memoria de Josecito, el primer hijo de mis abuelos. Huesos que ni siquiera habían podido endurecerse, como manda el tiempo, porque Josecito nació muerto… cuando aún estaba haciendo sus huesos y criando su sangre, diría con luminosa literatura Gabriela Mistral. Nunca supe de qué había muerto, ni qué fue de aquella cruz, por la simple razón de que en mi casa ni mi abuelo ni mi padre jamás relataron esa historia. Sin embargo, ese recuerdo penoso y callado iba a estallar en un momento de mi juventud, cuando mi padre me confesó (porque así lo viví, como una confesión en medio de un silencio de misa) que a él lo habían bautizado José Vicente en recuerdo de Josecito, el hermano que no fue. Pero en mi casa, ni mi abuelo, ni los primos  ni los tíos españoles que cada tanto nos visitaban lo llamaban por su primer nombre, sino por el segundo. Y le decían Vicentito.  
Mi abuelo Vicente nació en un pequeño poblado llamado Quintana Rubio, provincia de Soria, comunidad autónoma de Castilla y León, el 22 de enero de 1890. Hijo de Ana García y de Sergio Palomar, aprendió de su padre el oficio de carpintero. Y allí vivió, hasta que en un viaje a Galicia, hacia adonde había partido en busca de mejores trabajos, la conoció a mi abuela Antonia.
Antonia Nores, hija de Ángela Graña y de José Nores, nació en 1900 en Lavadores, Pontevedra. Tenía apenas 16 años cuando se casó con mi abuelo, y 21 cuando nació mi padre, un 6 de diciembre de 1921, también en Pontevedra.
Nunca supe qué edad tenía mi abuela cuando murió Josecito, en España. Y nunca tampoco podré saber si, ya radicados en la Argentina, mis abuelos perdieron otro hijo, el que le habría seguido a mi padre. Por relatos sueltos, nunca aseverados por nadie, esa historia puede que haya sido real. Y ya no hay forma de saber nada: no han quedado parientes vivos en la Argentina, y nada conozco acerca de parientes en España.
Son muchos los silencios no quebrados que invaden la historia de mis abuelos inmigrantes. Ni siquiera en los últimos días de vida de mi padre logré saber más de lo que sabía. Que era bastante, pero no suficiente. Hoy, ya de grande, pienso cuán profundas habrán sido las calamidades padecidas, y qué intensos los dolores, como para que mi abuelo y mi padre hayan juramentado ese pacto de silencio.  
¿Y qué es lo que sé de mis abuelos y de mi padre emigrantes españoles? Que como a tantos otros, la España del hambre y la miseria los empujaba a intentar mejor vida en tierras conocidas pero lejanas. Que el 10 de mayo de 1923 embarcaron en el vapor Crefeld, en el puerto de Vigo, rumbo a Buenos Aires con escala en Montevideo, según se lee en el Billete para Familia de Emigrantes, número 1272, de la United Mail Steam Compañy. Que algunos días antes de la partida, el Ayuntamiento de Lavadores le había extendido a mi abuelo un certificado en el que se aclaraba que “reúne todas las buenas condiciones de aptitud para el trabajo”, y que “no ha padecido enajenación mental ni ejercido la mendicidad.” Que al momento de la partida, mi abuelo tenía 29 años, mi abuela 22, y mi padre, 18 meses. Que con ellos viajaron Filomena y Modesta Josefa Nores, dos hermanas de mi abuela. Que pagaron el pasaje en efectivo. Y que en Buenos Aires los estaban esperando cuatro primos de mi abuelo: Saúl, Clotilde, Eusebia y Canuto Palomar; cuatro hermanos inseparables que toda su vivida vivieron en la misma casa, y que todos murieron solteros.    
Y también sé que con las herramientas guardadas en esos tres baúles, mi abuelo construyó su primera casa a poco de llegar a Buenos Aires, en el barrio de Caseros, en las afueras de la ciudad. La construyó en el tiempo que le iba quedando entre trabajo y trabajo, sin ayuda alguna. Una casa de madera, con dos piezas, una galería y un galponcito. Sólo él y sus manos, metro a metro, clavo a clavo.
Aún conservo esas herramientas, intactas y limpias. No tanto por nostalgia, sino por admiración y respeto. Después de todo, y más allá de los silencios y de las preguntas sin respuestas, esos baúles atesoran también el comienzo de mi historia. 


Jorge Palomar




Mi abuelo, Vicente Palomar. Y el billete de inmigrantes, en donde figuran mis abuelos, mi padre y dos hermanas de mi abuela.