En el corazón de las peñas, en el alma de los cerros, en el socavón del minero de las grandes alturas, en la puna jujeña donde sobra cielo y escasea oxígeno, reina el Ucaco, el diablo, a quien, aunque a uno le cueste creer, aunque uno no lo entienda, se le teme. Y se lo adora.
Reverenciar al diablo pareciera una locura, pero no hay minero puneño que no lo invoque antes de perderse en las oscuridades de la montaña que lo espera para entregarle sus tesoros.
Los mineros de la puna dicen que el Ucaco, la bestia de pies gigantes, aplastó las piedras, quemó las plantas, sopló los nubarrones, alejó al mismísimo sol y armó su reino de oro, plata y zinc.
El minero puneño, entonces, se presentará ante él, sacrificará un cordero y beberá, con toda su familia, su sangre caliente y espesa. Luego, para calmar las náuseas, beberá chicha, armará su acuyico con hojas de coca, y fumará.
Al final, una vez complacido el Ucaco, el minero caminará seguro por los socavones rogándole al amo que le brinde más riqueza, que lo colme de salud, que no lo enferme de silicosis, que es el mal de las minas.
Tranquilo, ya, le hablará a su montaña antes de herirla con su pico y con su pala.
Y afinará lo más que pueda sus oídos, porque ella siempre le responderá en crujidos. Si cruje feo -pensará el minero-, por algo será.
Y así, todos los días.
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Misterio en el socavón
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