martes, 21 de junio de 2011

LA VIUDA DEL MAR

Cincuenta años de lágrimas


La noche anterior, María había preparado guiso de lentejas con papitas, cueritos de chancho y chorizo colorado cortado en cuadraditos, la comida que más le gustaba a su Enrique. Cenaron temprano, como de costumbre. Después, Enrique jugó un rato con sus hijas, Elvira, Marta y Victoria; las alzó de a una por vez, las besó, las llevó a la cama y se quedó en la pieza hasta que el sueño las aplastó. Apagó la luz, entornó la puerta y se fue a la cocina, a tomar los últimos mates con María.
María y Enrique no durmieron bien esa noche. El viento arrastraba basura en la calle, amontonaba ramas caídas y los relámpagos retumbaban como cañonazos. El cielo, negro y espeso, terminó por devorar lo poco que quedaba de la luna y las estrellas. Y la lluvia no tardó en caer.
Pasada la medianoche del 28 de agosto de 1946, Enrique la abrazó muy fuerte a María, y le dijo: no te preocupés, vieja, que a la tarde voy a estar de vuelta.
Por fin, la huelga de pescadores se había levantado después de dos meses, y había que ir a trabajar. En la banquina, sobre la cubierta del Happy Days, el barquito que tenía que abordar, lo esperaban Juan Provenzal, Manuel Naldi, Feliciano Pérez y Carlos Ruiz, sus nuevos compañeros. Era su primer día de trabajo como pescador y el mar no se veía bien. El viento era cada vez más intenso, por momentos huracanado, pero el barco zarparía igual.
A las seis de la mañana de ese día, un trueno que María dice no olvidará mientras viva, la hizo saltar de la cama. La lluvia ya era diluvio. Se inundaban las calles y los fuertes ventarrones castigaban rabiosamente las hojas de los ventanales. Las niñas dormían. Jamás supieron de la fiereza de la tormenta de Santa Rosa de esa noche. Jamás volvieron a ver a su padre.  Elvira, la mayor, apenas guarda hoy un registro borroso del rostro de su padre.
María le preguntó a su vecina de al lado si podía quedarse para cuidarlas. Salió corriendo hacia la banquina de pescadores para suplicarle a su esposo que no saliera esa anoche. Pero el Happy Days ya no estaba. La lancha no regresó ese mediodía. Tampoco por la tarde. Tampoco por la noche.
A la mañana siguiente, en la Prefectura le dijeron que la embarcación, una lancha de motor de cinco toneladas de casi nueve metros de eslora y tres de manga, estaba desaparecida. 
María siguió yendo a la banquina todos los días, durante cuatro meses, para ver si regresaba.
Nunca se encontró resto alguno del barquito pesquero. La crónica de La Nación del 2 de septiembre de 1946, decía: “El viento huracanado se inició a las 8, y antes del mediodía adquirió una velocidad de 94 kilómetros por hora, con olas de 8 metros”.
Cada  28 de agosto, desde hace 56 años, María corta las más hermosas flores de su jardín, camina hacia la banquina y las arroja al mar.
Quedó viuda a los veintidós años. Hoy tiene 79. Se conmueve y se agita al recordar. Llora y reza cada noche en su pieza. Se le achican los ojos y su voz de abuela se hace más frágil con cada oración. Habla de su Enrique, del primero y único amor de su vida. Dice que cada tanto, también, le habla al mar. Al mar le pregunta por su Enrique. Y le pide que le diga que falta poco para que vuelvan a estar juntos como antes. Que por eso, no hace mucho, arrojó a las aguas su anillo de matrimonio “para que mi Enrique sepa que falta poco para que nunca más esté solo”.
Llora, María. Va hacia la pieza arrastrando sus pies vencidos, y regresa con el libro Vuelven los pescadores, de Adriana Silvia Pisani. Llora y lee María: 

Barquito de papel que sin historia
navegas en un mar de fantasía,
alguna tempestad te ha de dar gloria
para perpetuar tus travesías en un día.

Y si tu proa alguna vez crispa las olas,
para anclarse en los abismos del oleaje
tu forma simple recortada en caracolas
será el puerto imaginado al fin del viaje.

A María Elvira Miño de Costa todos la llaman “la viuda del mar”. Lo conoció a Enrique en 1938, en la esquina porteña de Cabildo y Monroe, cuando él la piropeó al bajar del colectivo 8. A la semana se volvieron a cruzar, accidentalmente, en las barrancas de Belgrano. “Él me compró un chocolate, y me dijo que linda que sos”. Se casaron unos meses después.
En 1940 se fueron a vivir a Mar del Plata, a buscar trabajo, a probar fortuna. Y fue entonces que por necesidad Enrique se hizo pescador. Nunca antes se había subido a otra lancha que aquella a la que alguien, alguna vez, bautizó Días Felices. 


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