martes, 21 de junio de 2011

RENZO, Y SU MUNDO DE SAL

El desierto blanco

La sal cubre las calles y carcome, implacable, todo lo que encuentra a su paso: el frente de las casas, grises y descascaradas; la carrocería de los camiones; las columnas de hierro que sostienen, a duras penas, a los viejos galpones.
En verano, la temperatura no baja de los 45 grados. En invierno, rara vez trepa los 10 bajo cero. En invierno y en verano, el viento, cuando arremete furioso, se adueña de las salinas y del pueblo; de sus gentes y de los árboles; de los techos de chapas acanaladas y de las parvas de sal, acopiadas durante la cosecha, verdaderos cerros sometidos a un largo proceso de estacionamiento antes de su industrialización.
En la colonia Del Bebedero, a 45 kilómetros al sudoeste de la ciudad de San Luis –un barrio humilde de calles anchas donde se entremezclan tierra, arena y sal- ocupado por no más de cincuenta familias, hay una escuela y un solo policía; una salita de primeros auxilios que atiende día por medio; una iglesia que abre sus puertas a los fieles una vez al mes para que el cura itinerante dé misa y evalúe los pecados cometidos, y una planta industrializadora de sal que da trabajo a unos ciento treinta obreros.
Renzo Rosales, eléctrico como una lagartija asustada, sale al cruce  con la inocencia y la picardía de sus seis años recién cumplidos, con la transparente fantasía alimentada desde el desierto y con la seguridad de un destino marcado. -Cuando sea grande, los señores de allá me van a regalar anteojos negros y yo voy a sacar la sal de la laguna. Después, me van a pagar. Y después, con esa plata, me voy a ir a Brasil y me voy a comprar un reloj.
Hincha de River, piel tostada, ojitos brillosos y cachetes inflados, Renzo es hijo y nieto de salineros.
Al igual que los demás chicos de la colonia, vive envuelto por la soledad más desgastante y por el hastío cotidiano; aburrimiento que quiebra cuando monta su bicicleta o grita los goles del burrito Ortega con su pelota de goma empolvada de blanco.
Su mundo es pequeño o enorme, según como uno lo interprete. Pero en ese mundo de sal, Renzo parece feliz.
La salina Del Bebedero cubre una superficie de cinco kilómetros de ancho por quince de largo. El espesor medio de su costra permanente, de más de 6000 hectáreas, es de un metro, por lo que se calcula que la cantidad de sal que se acumula en este páramo blanco –cementerio de cascarudos arrastrados por hilos de agua salada, jamás sobrevolado por pájaro alguno y sólo desafiado por pequeñísimos insectos- alcanza los 80 millones de toneladas.
En el otro extremo de la generación de Renzo, Ruperto Lucero –de 61 años y 41 de salinero-, hijo de don Crespinino y nieto de don Tomás, salineros como él, recuerda, entre mate y cigarrillos, historias no escritas y sólo trasferidas de boca en boca. –Ahora no es nada, pero hace cuarenta años ¡había que trabajar acá! Todo era a pala y chata, a puro pulmón. En las cosechas no éramos menos de cuatrocientos, quinientos hombres trabajando de sol a sol, agarrotados por los fríos o derretidos por los calores, según la época, ¿vio?
Los Lucero ya van por la cuarta generación de salineros. Un siglo atrapados por la misma geografía, narradores de historias que se repiten.
Los atardeceres en la salina imprimen un suave color rosado a la laguna. Caminar por el desierto blanco que la rodea, recibir la brisa cálida que va curtiendo la piel sin que uno lo note, no escuchar más que el sonido de la propia respiración, saber que las formas de vida allí se reducen a la mínima expresión y advertir que más allá de la nada sigue la nada, conforma un escenario único, difícil de aceptar para el visitante pero, a la vez, insustituible para el lugareño.
Razón de ser para quien nace envuelto en sal. Como Renzo Rosales, el de los ojitos brillosos y cachetes inflados que sueña con viajar a Brasil para comprarse un reloj cuando los señores de allá le paguen el primer sueldo.

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