Hubo un tiempo no muy lejano de tierras tranquilas, tranqueras abiertas y rondas de mates amargos que endulzaban los anocheceres mientras los abuelos les contaban a sus nietos historias fantásticas, todas mentirosas. Tan creíbles eran los relatos de apariciones y luces que viboreaban por encima de los maizales, que daba lo mismo la verdad o el engaño. Al fin y al cabo, el sueño siempre vencía al miedo.
Hubo un tiempo de cielos profundos perforados por millones de estrellas refulgentes que acariciaban los campos estirando las noches hacia límites difusos. Y se lo gozaba.
Hubo un tiempo, en esos lugares, en que el cielo y la tierra eran una misma cosa. No había noche que el chacarero, el campesino, no caminara por su campo a paso lento, como si quisiera no lastimar la tierra, para inflar sus pulmones con el mejor aire y, de cuando en cuando, llevar sus ojos al infinito para disfrutar de alguna estrella fugaz o descubrir el brillante recorrido de un satélite.
Hubo un tiempo de campos serenos en la llanura pampeana, en la chaqueña, en la mesopotámica. Tiempo de caminantes y de bochas; de taperas y escuelas con alumnos, libros y maestros; de boliches, sulkis y tractores. Luz de vela, farol de noche y baile en los galpones ferroviarios pegados a las estaciones, que siempre estaban cerca. Tiempo de curanderos que curaban el empacho y los parásitos, y también de borrachines que curaban de palabra el dolor de muelas empujados por sus dones alimentados a pura ginebra.
Hubo un tiempo no muy lejano de campos parecidos a los de ahora, aquí y allá, pero sin tanto miedo, tanta furia, tanta desconfianza y tanto rencor como ahora. Todo junto.
Casi sin que el chacarero o el productor o el campesino se diera cuenta, el campo pasó, para bien y para mal, del percherón al tractor con aire acondicionado, de la yerra al chip, del ferrocarril al camión, del caballo a la 4x4, de la luz mala al GPS, del telegrama al celular, de las cooperativas a los monopolios, de los relatos a las asambleas, del monte a los agroquímicos y de la vaca a la soja.
Pero es cierto también que ni el campo de antes se interesaba por lo que sucedía, ni el campo de ahora se inquieta por lo que sucede más allá de su propia frontera de maíz, vacas y soja.
Es probable que algunos ignoren que más allá de esa frontera visible hay otras gentes separadas de la discusión actual. Pero es seguro que muchos otros saben lo que pasa en esas otras tierras. Los que saben de eso, saben también que aquello queda tan lejos que ni vale la pena prestarle atención.
Con mejores palabras que las de quien esto escribe, el biólogo Raúl A. Montenegro, fundador de la Fundación para la Defensa del Ambiente (Funam), docente universitario y representante de la Funam en el Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas escribió:
“Qué duro es ver cacerolas relucientes y llenas de soja en el asfalto civilizado de Buenos Aires. Que duro es ver las cacerolas renegridas y sin tierra de los campesinos de Santiago del Estero.
Qué duro es comprobar, con los dientes apretados, y con el corazón desierto y sin bosques, que nadie habló en nombre de los indígenas expulsados de sus territorios, de sus plantas medicinales, de su cultura y de su tiempo para que la soja y el glifosato sean los nuevos algarrobos y los nuevos duendes del monte.
Qué duro es recordar que el 80% de los bosques nativos ya fue destrozado.
Qué duro es observar cómo se extingue el campesino que convivía con el monte, y cómo lo reemplaza una gran empresa agrícola que empieza irónicamente sus actividades destruyendo ese monte.
Qué duro es ver que el monocultivo de la soja refleja el monocultivo de cerebros, la ineptitud de los funcionarios públicos y el silencio de la gente buena.
Qué duro es ver las imágenes por televisión, los piquetes y las cacerolas mientras las almas sin tierra de los campesinos y los indígenas no tienen imágenes, ni piquetes, ni cacerolas que los defiendan.
Muy cerca de ellos, las cacerolas abolladas vuelven a la cocina.”
En diciembre de 2004, en Suecia, Raúl Montenegro recibió el Right Livelihood Award, el Premio Nobel Alternativo. El jurado lo había distinguido por su continuado trabajo con las comunidades locales y los pueblos indígenas en defensa del ambiente, en América Latina y otros lugares del mundo.
La historia del campo argentino, el campo como un todo y también como disparador de crecimiento y desarrollo de los pueblos que lo rodean, está marcada por gestas y sacrificios inconmensurables. No hay página de la historia rural argentina que no describa episodios dramáticos. Como el grito de Alcorta, antesala de la fundación de la Federación Agraria Argentina, en la provincia de Santa Fe, del 25 de junio de 1912. Fue la primera huelga rural en reclamo por la modificación de los contratos de arrendamiento, que paralizó a más de 100.000 agricultores y tuvo en el Dr. Francisco Netri a su más ferviente defensor, lo que le costó la vida tiempo después, en 1916, cuando fue asesinado en la ciudad de Rosario. O el estallido, en agosto de 1920, de una huelga de peones en Santa Cruz y el fusilamiento de huelguistas y que la historia lo recuerda como la Patagonia Trágica. O la masacre de Napalpí, en el Chaco, el 19 de julio de 1924, cuando unos doscientos aborígenes de las etnias qom y mocoví que se dedicaban al cuidado de la hacienda y al cultivo del algodón fueron masacrados por la policía y un grupo de estancieros que había establecido que los indígenas debían entregarles el 15 por ciento de su producción de algodón.
Tres episodios que marcan quela Argentina rural está escrita con sangre. Y también con lágrimas.
Tres episodios que marcan que
Cirilo Fuentes, un encargado de estancia del norte correntino, cuenta que en la gran inundación de 1998 que afectó a las provincias de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Chaco, Formosa y Misiones, su patrón perdió 700 vacas, 30 cerdos, 43 ovejas y 80 caballos. “El agua tapaba las tranqueras, y así estuvo por más de veinte días.” Era Semana Santa.
Algo más de 18 millones de hectáreas quedaron tapadas por el agua, en una de las peores inundaciones del siglo pasado. Los evacuados sumaron 120.000. Hubo 17 personas muertas. Alrededor de 450.000 cabezas de ganado -el equivalente a 185.000 toneladas de carne- perecieron bajo el agua. La agricultura de la zona afectada -645.000 hectáreas- sufrió pérdidas irreparables por un total de 1.040 millones de dólares.
Demasiados números para aquel que perdió hasta su palangana. Cifras que ya casi han desaparecido de la memoria campesina porque el campo es siempre ir para adelante, aunque la tristeza les haya perforado el corazón.
Algo más de 18 millones de hectáreas quedaron tapadas por el agua, en una de las peores inundaciones del siglo pasado. Los evacuados sumaron 120.000. Hubo 17 personas muertas. Alrededor de 450.000 cabezas de ganado -el equivalente a 185.000 toneladas de carne- perecieron bajo el agua. La agricultura de la zona afectada -645.000 hectáreas- sufrió pérdidas irreparables por un total de 1.040 millones de dólares.
Demasiados números para aquel que perdió hasta su palangana. Cifras que ya casi han desaparecido de la memoria campesina porque el campo es siempre ir para adelante, aunque la tristeza les haya perforado el corazón.
* * *
No hay comentarios:
Publicar un comentario