Bailon, el mayistalu, el maestro, la mira a Hersilia y le dice: chukuk, mariposa... tañhi, monte. Maisa repite: mariposa... monte...
Le palmea el hombro a Misael y le dice: totnaj, rana... timek, anzuelo... Misael repite: rana... anzuelo.
Charón, en el último banco, se despatarra de risa. El mayistalu le señala una lámina y el pequeño wichí dice: ele... ututo... hayoj... yel’ataj... No, en wichí no, lo corrige el maestro. Charón se pone serio. Pero saldrá airoso. Dice: loro... cocodrilo... tigre... caballo.
Bailon Díaz, uno de los poquísimos wichí puros que aprendió el castellano y hoy es maestro auxiliar, asiente con su cabeza. Y sonríe: sus alumnos de tercer grado de la escuela bilingüe de El Sauzalito, en el Impenetrable chaqueño, aprenden rápidamente un idioma extraño sin que tengan que perder el propio.
Nora Urbina, la directora, dice que el plan de alfabetización se hace en idioma materno, “porque primero hay que alfabetizarlos y, después, enseñarles castellano. Hacerlo al revés no serviría de nada, sería perder el tiempo, porque el wichí es un idioma no escrito, los chicos lo aprenden de oídas, hablando”.
El esfuerzo es desparejo: el Plan Social Nacional le envía una caja por año con elementos de estudio. El resto, son donaciones.
-A lo que no hay que acostumbrarse es a la miseria. Por más pobre que uno sea, el principal objetivo tiene que ser la educación. No hay otro camino, no hay otra respuesta.
Maisa, Chachi, Kiri, Misael, Charón, Hersilia, se divierten pronunciando palabras estrafalarias como leche, caballo o mariposa. Pero le hacen caso al maestro, que no tiene necesidad de pedir silencio.
Algún día, alguien les dirá que su mayistalú tampoco quiso acostumbrarse a la miseria.
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