Eulogia Tapia en La Poma
al aire da su ternura
si pasa sobre la arena
y va pisando la luna.
En un lugar de La Poma , en el corazón salteño de los Valles Calchaquíes, doña Eulogia Tapia transita su vida entre añoranzas de carnavales pasados, cuando su voz y el sonido seco de su caja retumbaban armoniosamente en las quebradas, y las vicisitudes del presente, que la obligan a ganarse el pan a fuerza de criar chivos, carpir la huerta, vender algo de lo que produce y trabajar la montaña para que ésta no le devore lo poco que ya tiene.
Eulogia Tapia inspiró al poeta salteño Manuel J. Castilla la letra de la zamba La pomeña, en un día de carnaval en la quebrada.
El trigo que va cortando
madura por su cintura
mirando flores de alfalfa
sus ojos negros se azulan.
La mujer, de rostro inexplorado, es menuda y parece frágil; habla poco, apenas lo necesario, pero, eso sí, bien de corrido. Manos fuertes, tiene Eulogia. Y mejillas huesudas. Y la piel reseca color café. Y el pelo renegrido, como sus ojos.
Vive en La Poma , con su esposo, don Avilio Choique, en una casa de adobe, pero alejada del pueblo, sobre la montaña, a un par de kilómetros cuesta arriba, a 3015 metros sobre el nivel del mar.
El sauce de su casa
está llorando
porque te roban Eulogia
carnavaleando...
La historia cuenta que hace muchos años, cuando La Poma era apenas un caserío, una muchacha hermosa como un atardecer de otoño bajaba con su caballo blanco por la quebrada, cantando y tocando su caja, que todavía conserva.
Eran días de carnaval en el pueblo y la gente bailaba y disfrutaba en las calles de tierra, ajadas y calientes, pero desbordadas de fiesta.
Castilla, que había viajado especialmente hasta La Poma para vivir en carne propia esos carnavales, quedó impactado por aquella escena. Al poco tiempo, nació la zamba.
La cara se le enharina
el alma se le anarena
cantando y desencantando
se le entreveran las penas
Eulogia supo de esa zamba varios años después; ella cree que unos quince años pasaron, cuando alguien se la leyó y se la cantó.
-Ya no se ven carnavales como los de antes, se lamenta la mujer. Yo sigo cantando y siempre bajo al pueblo para las fiestas, pero estoy viendo que no hay alegría en la gente. ¡Es una lástima! Es tan lindo cantar y bailar... nace del alma y prolonga la vida...
Viene en un caballo blanco
la caja en sus manos tiembla
y cuando se hunde en la tarde
es una dalia morena.
El mundo de Eulogia Tapia, retratado por el poeta hace más de treinta años, ya no es el mismo. De su casa primitiva, sólo quedó el sauce. Las flores de alfalfa tampoco alfombran como antes. Hoy, como en la zamba, cantando y desencantado a Eulogia se le entreveran las penas. –Yo nunca salí de La Poma , pero sí tuve que cambiar de rancho dos veces y subir más arriba en la montaña porque se han ido agotando los pastizales. Y sin pastizales no hay animales, ni cabras ni nada. Y si no hay cabras ni nada no hay nada para comer y vivir.
De aquellos días de fiesta carnavalesca, esos que hoy añora Eulogia, se ocuparía más tarde el propio Castilla, cuando escribió ¿Cómo era?:
Carnavaleaban. Era en La Poma.
Mitad ruina y mitad pueblo, era.
Como si de sopetón hubiera
caído vida a baldazos entre el caserío.
Porque antes, un día apenas, en
la cordillera. Hacía mariposear las
hojas de los álamos y echaba atrás
la ramazón de los sauces.
Carnavaleaban. De El Trigal,
de Saladillo, de Esquina Azul,
bajaban los jinetes. Riendas y bozales,
algunos pura plata, saltando desde
la negrura del caballo
lleno de temblores y luminoso.
En la quietud de las calles
estallaron las voces de las mujeres.
Caracoleaban las cabalgaduras
siguiendo los vaivenes del canto,
sobre el que machacaban los golpes
turbios de las cajas.
Era de ver la gente. Y de oírla.
Ver añares de silencio volverse bulla
de golpe. Todo alegre, como la tierra
cuando le llovía. Era así en La Poma.
Ese era el mundo de Eulogia Tapia.
(Eulogia, hoy de 70 años, vive en un puesto de campo cercano a La Poma. Y el sauce de su antigua casa sigue en pié)
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