martes, 5 de julio de 2011

UN SILENCIO POBLADO DE ECOS

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¡La voz, la voz, desde el suspiro al grito!
Límpida, grave, trémula, recóndita,
siempre la voz, no importa la palabra,
qué importa la palabra; ¡la voz, siempre!

(Las noches de oro. Rafael Arrieta, poeta argentino, 1889-1986)


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La ciencia médica nos explica que la voz humana es la única parte del cuerpo que nos representa de manera audible expresando nuestro nivel de energía y personalidad.
Por fortuna existe la literatura, que nos empuja hasta los límites más recónditos de nuestras almas y de nuestros corazones y así, sin necesidad de tanta explicación, hace que lo difuso se vuelva invalorable y eterno.
¿Qué tenemos como bien más preciado de nuestros viejos? ¿Un álbum de fotografías? ¿Una carta ya casi ilegible? ¿Aquél reloj o aquél anillo que pasa de mano en mano y de generación en generación para que nunca sea de nadie? ¿El billete de inmigrante? ¿Algún mueble? ¿O, acaso, serán las voces de nuestros viejos que aún viven, aunque difusas, en nuestra memoria?
Tal vez eso sea. O no. Cada quien sabrá cómo recordar mejor, o cómo retumban esas voces en sus vidas. Tal vez.
Cuando recordar no pueda, ¿dónde mi recuerdo irá? Una cosa es el recuerdo, y otra cosa, recordar, dijo con literatura mayor Antonio Machado.
Si conservamos las fotografías, el reloj, el anillo, el mueble, el billete de inmigrante como tributo casi religioso a la memoria de quienes nos dieron la existencia, ¿qué valor, qué lugar y qué sentido le otorgamos a ese silencio poblado de ecos, al decir de Neruda?
Allí, en algún lugar de nuestras casas, bien guardados, están los recuerdos, fabricando las nostalgias que descongelarán algún futuro.
Pero, ¿qué recordamos de aquéllos que alguna vez y en las peores condiciones se lanzaron a los mares y a los océanos sin más ambición que la de construir futuro?
¿Cómo vibraban sus voces en las alegrías y en las tristezas? ¿Cómo, ante el miedo, el dolor, la amargura y el sacrificio? ¿Cómo calaban en nuestros oídos aquélla obstinación, aquél amor propio y esa dignidad?
Mi abuelo Vicente, por caso, tenía la voz dura y hablaba lo necesario. Era corto de palabras, pero su voz, cuando aparecía, sonaba como trueno. Mi padre era como mi abuelo, en voz y en actitud. Y yo ando por ahí, aunque mi voz no sea de lija.
¡La voz, siempre!, dijo el poeta.
La voz lacia de los antepasados, escribió Borges,  en “Sala Vacía”. Que así dice: Los muebles de caoba perpetúan/entre la indecisión del brocado/su tertulia de siempre. Los daguerrotipos mienten su falsa cercanía de tiempo detenido en un espejo/y ante nuestro examen se pierden/como fechas inútiles de borrosos aniversarios. /Desde hace largo tiempo sus angustiadas voces nos buscan/y ahora apenas están en las mañanas iniciales de nuestra infancia. /La luz del día de hoy/exalta los cristales de la ventana/desde la calle de clamor y de vértigo/y arrincona y apaga la voz lacia de los antepasados.



J.P




   


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