*
Tres baúles de madera y cuatro valijas de cuero. Y una cruz.
Con esas pertenencias llegaron al puerto de Buenos Aires. Y aquello dejaron en tierras gallegas. Descendieron del barco con lo puesto, con el presente engarzado en el futuro.
Esos tres baúles de madera atesoraban taladros y serruchos; garlopas y punzones; reglas y lápices; cinta métrica y niveles; brocas y compaces; martillos, tenazas, escuadras, cepillos, pinceles, espátulas y coladeras. Mi abuelo Vicente, claro, era carpintero. Y tenía el corazón agrandado; corazón vacuno, como decían los doctores de antes. Y moriría por eso, a los 69. Cuando eso sucedió, yo apenas tenía 6. Aún hoy, medio siglo después, conservo el timbre de su voz en mis oídos. Una voz de lija pero serena. Y el tiempo tras su muerte hizo que me diera cuenta de algo extraordinario: la voz de mi abuelo resultó ser también la expresión de su espíritu, porque así como era de áspero, lo era de reflexivo.
Esas cuatro valijas de cuero guardaban la escasísima mejor ropa que disponían; y también blusas y pantalones; polleras y abrigos; camisas y zapatos; zapatillas, medias, camisetas, mañanitas. Y una plancha a carbón. Y agujas y alfileres. Y dedales. Y pasadores. Y tijeras. Y ovillos de hilo y de lana. Y un gastado centímetro de tela que apenas dejaba ver los números, y menos, las rayitas de los milímetros. Mi abuela Antonia, claro, era costurera. Y planchadora. Y asmática. Y moriría por eso, a los 50. No llegué a conocerla, pero en tributo a su memoria, es que mi segundo nombre es Antonio. De ella me han contado que era puro nervio, pero también una enamorada de las plantas y que cantaba jotas y muñeiras al paso ardiente de la plancha.
Esa cruz clavada en tierras gallegas, en la inabarcable soledad de un pequeño cementerio de Pontevedra, protegía y honraba los huesos y la memoria de Josecito, el primer hijo de mis abuelos. Huesos que ni siquiera habían podido endurecerse, como manda el tiempo, porque Josecito nació muerto… cuando aún estaba haciendo sus huesos y criando su sangre, diría con luminosa literatura Gabriela Mistral. Nunca supe de qué había muerto, ni qué fue de aquella cruz, por la simple razón de que en mi casa ni mi abuelo ni mi padre jamás relataron esa historia. Sin embargo, ese recuerdo penoso y callado iba a estallar en un momento de mi juventud, cuando mi padre me confesó (porque así lo viví, como una confesión en medio de un silencio de misa) que a él lo habían bautizado José Vicente en recuerdo de Josecito, el hermano que no fue. Pero en mi casa, ni mi abuelo, ni los primos ni los tíos españoles que cada tanto nos visitaban lo llamaban por su primer nombre, sino por el segundo. Y le decían Vicentito.
Mi abuelo Vicente nació en un pequeño poblado llamado Quintana Rubio, provincia de Soria, comunidad autónoma de Castilla y León, el 22 de enero de 1890. Hijo de Ana García y de Sergio Palomar, aprendió de su padre el oficio de carpintero. Y allí vivió, hasta que en un viaje a Galicia, hacia adonde había partido en busca de mejores trabajos, la conoció a mi abuela Antonia.
Antonia Nores, hija de Ángela Graña y de José Nores, nació en 1900 en Lavadores, Pontevedra. Tenía apenas 16 años cuando se casó con mi abuelo, y 21 cuando nació mi padre, un 6 de diciembre de 1921, también en Pontevedra.
Nunca supe qué edad tenía mi abuela cuando murió Josecito, en España. Y nunca tampoco podré saber si, ya radicados en la Argentina , mis abuelos perdieron otro hijo, el que le habría seguido a mi padre. Por relatos sueltos, nunca aseverados por nadie, esa historia puede que haya sido real. Y ya no hay forma de saber nada: no han quedado parientes vivos en la Argentina , y nada conozco acerca de parientes en España.
Son muchos los silencios no quebrados que invaden la historia de mis abuelos inmigrantes. Ni siquiera en los últimos días de vida de mi padre logré saber más de lo que sabía. Que era bastante, pero no suficiente. Hoy, ya de grande, pienso cuán profundas habrán sido las calamidades padecidas, y qué intensos los dolores, como para que mi abuelo y mi padre hayan juramentado ese pacto de silencio.
¿Y qué es lo que sé de mis abuelos y de mi padre emigrantes españoles? Que como a tantos otros, la España del hambre y la miseria los empujaba a intentar mejor vida en tierras conocidas pero lejanas. Que el 10 de mayo de 1923 embarcaron en el vapor Crefeld, en el puerto de Vigo, rumbo a Buenos Aires con escala en Montevideo, según se lee en el Billete para Familia de Emigrantes, número 1272, de la United Mail Steam Compañy. Que algunos días antes de la partida, el Ayuntamiento de Lavadores le había extendido a mi abuelo un certificado en el que se aclaraba que “reúne todas las buenas condiciones de aptitud para el trabajo”, y que “no ha padecido enajenación mental ni ejercido la mendicidad.” Que al momento de la partida, mi abuelo tenía 29 años, mi abuela 22, y mi padre, 18 meses. Que con ellos viajaron Filomena y Modesta Josefa Nores, dos hermanas de mi abuela. Que pagaron el pasaje en efectivo. Y que en Buenos Aires los estaban esperando cuatro primos de mi abuelo: Saúl, Clotilde, Eusebia y Canuto Palomar; cuatro hermanos inseparables que toda su vivida vivieron en la misma casa, y que todos murieron solteros.
Y también sé que con las herramientas guardadas en esos tres baúles, mi abuelo construyó su primera casa a poco de llegar a Buenos Aires, en el barrio de Caseros, en las afueras de la ciudad. La construyó en el tiempo que le iba quedando entre trabajo y trabajo, sin ayuda alguna. Una casa de madera, con dos piezas, una galería y un galponcito. Sólo él y sus manos, metro a metro, clavo a clavo.
Aún conservo esas herramientas, intactas y limpias. No tanto por nostalgia, sino por admiración y respeto. Después de todo, y más allá de los silencios y de las preguntas sin respuestas, esos baúles atesoran también el comienzo de mi historia.
Jorge Palomar
Mi abuelo, Vicente Palomar. Y el billete de inmigrantes, en donde figuran mis abuelos, mi padre y dos hermanas de mi abuela.![]()
Guau, que historia Palo. Con cada oración que iba leyendo imaginaba como una película con sus protagonistas, llegando en el barco, dejando un mundo para construir otro. Eso sí que era tener coraje no?. Qué difícil habrá sido para ellos empezar desde cero, poquito a poco y "clavo a clavo" como escribiste vos.
ResponderEliminarFelicitaciones por el blog, por mi parte ya te publiqué en mi perfil del facebook y seguiré haciéndolo así cada vez somos más los que te seguimos!!!
Te dejo un beso grande y seguí compartiendo tus historias, que hacen falta en medio de tanta mediocridad.
Gracias por contarme un poco de la historia de la familia.
ResponderEliminarTe quiero Abuelo y seguí contándome historias...
Santi