sábado, 25 de junio de 2011

EL MAR, SIEMPRE EL MAR

Mientras la ciudad duerme...
La Príncipe Azul mece sus cansadas costillas amarillas, codeándose entre la lustrosa Viejo Amabile y la baqueteada Que Dios se lo pague.
La Fe en Dios y la Regina Madre, de espaldas a Bienvenido sea, comparten la madrugada brumosa y cálida.
Cruje el casco de Temerario;  Sigue Valiente cabecea su proa delante de María Fe; Mi lucha duerme amarrada a la Isla de Capri.
Una luz amarillenta, en lo alto del palo mayor, apenas muestra las formas del Espíritu Santo.
María Madre, pegada a la Manto Sagrado, atesora como el bien más preciado las redes que cubren la cubierta y que pronto harán su trabajo en el mar, a no muchos metros de la superficie.
Los primeros rugidos del motor gasolero de Es posible anuncian que otro día de pesca está por comenzar. Lo mismo ocurrirá con Insólito, con la Virgen del Rosario, con la Madonna Di Giardini.
Una hora antes de que el sol coloree de rojo el horizonte, Volveré si puedo empezará a viborear sobre las turbias aguas del puerto de Mar del Plata que, en magnífico contraste, serán como de esmeralda cuando la lancha apenas se divise como un punto casi imperceptible navegando librada a su suerte.

Mientras la ciudad duerme, en la banquina de pescadores los gritos de los marineros, el tronar de los motores y las turbulencias que producen las hélices de las lanchitas amarillas perforan la noche, alteran la mansedumbre del lugar, desperezan a los lobos, espantan a las gaviotas, convocan a los fantasmas y activan la historia. A doscientos metros de ahí, en la plazoleta donde se levanta el monumento al pescador, decenas de placas recuerdan a más de un centenar de hombres que perdieron sus vidas mar adentro, sacudidos por tempestades, torturados por olas monstruosas.
Carmelo Agliano; José, Domingo y Nazareno Contessi; Enrique Costa; Juan y Emilio Scalabroni; Miguel y Santos Iacono; José Luis Celedonio; Saro Tateo; Horacio y Jorge Di Mauro son algunos de los muchísimos pescadores que el mar atrapó y jamás devolvió.
En esas placas hay hermanos, hijos, padres y esposos recordados por hermanos, hijos, padres y viudas.
La plazoleta, sucia y descuidada, sólo parece adquirir trascendencia para la comunidad y las autoridades cada 29 de agosto, cuando se recuerda el hundimiento de cinco lanchas y la muerte de 35 pescadores aquel día de 1946, durante una de las peores tormentas de Santa Rosa que se tenga memoria.
   
Muchos de los descendientes de aquellas víctimas son los que hoy alistan sus embarcaciones para llevar el peso a sus casas.
Todo es nervio. Movimientos rápidos, rostros que se tensan y brazos que se endurecen. Hay apuro por salir, porque el primero que regrese tendrá más posibilidades de vender lo cosechado a mejor precio. Los últimos, deberán conformarse con los precios más bajos ofertados por los saladeros y las fábricas, o bien tirar al fondo del mar todo lo que pescaron porque ni siquiera les alcanzará para cubrir los gastos.
Las primeras luces del amanecer acompañan el paso de las embarcaciones entre las dos escolleras en busca del mar abierto. Como una acuarela naif, las casi cien lanchas parecen juguetes en medio de un oleaje que las sube y las baja, que las zarandea y que a uno lo hace pensar cómo es posible que esas cosas floten.
Pero ahí van. Como vigías de épocas remotas, los pescadores se impregnan de brisa marina parados en el extremo de la proa mientras otros fuman, matean y revisan las redes prolijamente ordenadas en la cubierta.
Alguien canturrea antiguas canciones napolitanas, otros se gritan y se desafían de lancha a lancha; un siciliano con más años en el mar que en tierra, se baja los pantalones ventilando su hombría al ver que un fotógrafo lo apunta con su cámara. Por ahí hay un pomposo corte de manga acompañado por una estruendosa risotada que el mar amplifica bajo un amanecer que deja mudo a quien lo vive.
Ahí van Chicho y “Caballo chico” Juan, en la Que Dios se lo pague; Venerando Greco y “Sapito” Adrián, en la Santa María; en la Viejo Amabile, Vicente Amalfitano, un napolitano de 83 años, duro y erguido como un poste y eléctrico como un colibrí, con su hijo Enzo orinando por la banda de estribor, y con su sobrino Jorge, que, para calmar un poco el nerviosismo de quienes los acompañan, dice que lo mejor para controlar las náuseas “es agua y ajo... a joderse”, se divierte el maldito.
Ahí van también Gerónimo, en la Regina madre, con su campera roja trepado como un mono al palo mayor; Ignacio, con su torso desnudo y sus voraces ansiedades perpetuadas en tatuajes ratoneros; Leonardo, con su gorro de lana negro y Miguel Ángel, marinero timonel, con su rabia encima porque ya antes de zarpar le habían dicho que los saladeros estaban cubiertos y la paga iba a ser insignificante.
Con suerte, ese día Miguel cobrará un puñadito de billetes por cada cajón de cuarenta kilos de anchoitas, pero, una vez en poder de las empresas pesqueras, ese cajón se venderá a un precio cinco veces mayor.
Miguel, sucio, maloliente y extenuado después de casi diez horas en el mar, con sus botas  hasta las rodillas cubiertas de escamas de pescado que el sol las hace brillar como lentejuelas, oirá, desde el borde de la banquina, la prepotente voz del rematador -botas de cuero, reloj de oro, celular y lentes oscuros- que le advierte: ese es el precio, agarralo o dejalo.
“Esto nos pasa por ignorantes -dirá, resignado, Miguel-. Nos pagan lo que quieren porque no somos unidos, porque otros pescadores aceptan cualquier precio”.

Contra lo que se supone, el pescador ha perdido hasta la solidaridad. Empujados por la escasez de trabajo y por la competencia desigual, ellos dicen que hoy nada es como era antes.
“Competimos entre nosotros porque el mar ya no da para todos, como antes. Hay envidia. Nos miramos de reojo para ver quien vende más cajones... Si una lancha se planta, empezá a rezar para que otra te arrastre”, dice Miguel. Y sigue. “¿Sabés por qué? Porque el asunto es salir primero, llegar primero, vender primero”.

Vicente Amalfitano, con más de ochenta años de pescador encima, añora aquellos tiempos en donde todas las familias de pescadores eran como una única familia.
Don Vicente llegó a Mar del Plata el 17 de septiembre de 1930. Tenía apenas 16 años cuando el Principesa María lo dejó en el puerto de Buenos Aires. Un tío lo estaba esperando. En Ischia quedaron sus padres y sus hermanos.
“Mar del Plata era un pueblucho con calles de tierra y casas de madera y chapa. Yo vivía con mi tío y recién pude juntarme con la familia cuando terminó la Segunda Guerra. Me acuerdo que cuando empezamos a pescar, yo no paraba de llorar. Yo decía ¿esto es la América?: al mediodía, mandarina y pan; a la noche, pan y mandarina. Trabajaba noche y día, noche y día. Iba a la casa a comer y enseguida salía al agua, con una lancha a remos y dos canastas. Así se pescaba antes”.
La historia de Vicente Amalfitano no es diferente a la de otros que, como él, llegaron a Mar del Plata a hacer la América.
Algunos lo lograron, otros se quedaron en el camino.
Luigi Solimeno, de 76 años, llegó de Sorrento cuando tenía 14 años. Su padre vendía pescado por las calles, canasta en mano. Un buen día, un amigo le dijo: Luigi, vamos a pescar tiburones que nos vamos a hacer ricos. Los años pasaron. Hoy, Luigi es el dueño de una flota de doce buques pesqueros.
Pipo Puglisi, un siciliano de 64 años, no extraña tanto los años de bonanza, pero sí se asusta de cómo han cambiado ciertas cosas. “Yo vine de Italia sabiendo remendar una red. Hoy, los jóvenes que van a buscar trabajo a la banquina usan arito y colita y quieren mandar antes que trabajar”.
Vicente, Luigi y Pipo son sobrevivientes de aquella generación de italianos que -como dicen los pescadores más jóvenes- “hicieron la pesca en Mar del Plata”, cuando en sus lanchas se veía más solidaridad que tecnología; cuando a los cardúmenes los encontraban a ojo, observando y siguiendo a las gaviotas.
Hoy ya no es lo mismo. Los herederos de Vicente, Luigi y Pipo, como “Sapito”, Miguel y “Caballo chico”, usan radar, sonda, navegador, guinche, VHF y bomba de achique. Pero, así y todo, se miran de reojo.
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1 comentario:

  1. Cada 19 de enero, cada vez que escucho Franco Simone, cada vez que recuerdo que temías morir en el mar, te recuerdo..

    agradezco a la vida haberte conocido.


    MBMV

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